Conozco cómo se siente estar desregulado.
Mira, yo fui el niño difícil. El que tenía problemas en clase, el que no podía estar quieto, el que lo dejaba todo para el último momento.
Siempre castigado e incluso humillado por alumnos y, en ocasiones, por profesores.
Fui el adolescente rebelde —rapero, graffitero, porreta…— y me fui de casa con 17 años.
En lo laboral probé de todo.
Auxiliar de enfermería, camarero, mozo de almacén, monitor de multiaventura…
Nada duraba más de 3 meses.
Y en mis relaciones tampoco era fácil. Ansiedad, culpa, discusiones y esa sensación de no encontrar nunca la paz.
Desde los 17 años me interesaba la espiritualidad, la metafísica y las leyes herméticas.
Quería ser libre. Quería salir de la matrix.
Jajajaja, cuánto me quedaba por aprender.
Porque entendí que, si quería ser libre, tenía que dejar de depender de que alguien me contratase.
Así que decidí emprender.
Y ahí me hice experto en el ciclo del emprendedor con TDAH.
Empezaba con una ilusión brutal, me hiperenfocaba, avanzaba muchísimo…
Hasta que me aburría, me abrumaba o aparecía otra idea que me parecía mejor.
Y vuelta a empezar.
En un solo año probé seis negocios: cuidado a domicilio, animación infantil, multinivel, e-commerce, funnels de venta y trading.
¿Sabes qué tenían todos en común?
Que el problema no era el negocio. Era que yo repetía los mismos patrones una y otra vez.
Y encima cargaba con un sentimiento de culpa bestial.
Hasta que un día me dije:
«Javi, ya está. Deja de dar vueltas y céntrate en algo que puedas hacer los próximos 10 años sin abandonar. Algo que te apasione y en lo que seas realmente bueno».
Y entonces me pregunté:
¿Qué me apasiona? Muchas cosas.
¿En qué soy bueno? En todo y en nada a la vez.
Y ahí dije… mierda, el TDAH me está jodiendo.
Manos a la obra.
Me dejé de gilipolleces.
Saqué el dinero que tenía invertido y empecé a invertir en mi cabeza, en formación y en mentores.
Empecé a entender mis patrones, a trabajar mis creencias y a descubrir qué quería hacer realmente con mi vida.
Y ahí encontré algo que hasta entonces me había faltado: UN PROPÓSITO.
Quería ayudar a las personas a mejorar su vida.
Empecé a formarme en reprogramación de creencias y a acompañar a otras personas. En dos meses conseguí cuatro clientes y di cinco charlas.
Pero todavía me faltaba algo.
¿A quién quería ayudar exactamente?
¿Qué era eso que tantos problemas me había generado y que ahora podía convertir en mi mayor fortaleza?
EL TDAH.
Me formé como coach especialista en TDAH y empecé a unir todo lo que llevaba años aprendiendo.
Negocios, marketing, ventas…
Reprogramación mental, desarrollo personal y espiritualidad…
Psicología, neurociencia, neurobiología… ¡Y TDAH!
Pero esta vez tenía algo diferente.
Tenía una dirección, había empezado a construir una estructura que podía sostener y estaba trabajando en dejar de sabotearme.
Podía trabajar, emprender, hacer deporte, cuidar mi hogar y disfrutar de mi relación sin vivir constantemente apagando fuegos.
Por primera vez sentía que no estaba luchando contra mi cerebro. Estaba aprendiendo a trabajar con él.
Y de ahí nació mi método de ALTO IMPACTO.
Un método que une ESTRUCTURA, PROPÓSITO y REPROGRAMACIÓN MENTAL para ayudar a emprendedores con TDAH a regularse y canalizar toda su energía en crear una realidad EXTRAORDINARIA.
Porque hoy tengo un negocio alineado con mi propósito y con mi manera de funcionar.
Y quiero ayudarte a construir el tuyo.